Mi trabajo de creación literaria de esta semana (del que me siento realmente orgullosa)
No te dejes engañar:
lo más importante en esta vida
es aprender a desnudarse con palabras,
a gritar en silencio,
a pensar con el alma,
a llorar en verso. (Belén Torres)
lo más importante en esta vida
es aprender a desnudarse con palabras,
a gritar en silencio,
a pensar con el alma,
a llorar en verso. (Belén Torres)
La triste
voz llenaba la habitación: en cada recoveco y en cada espacio abierto resonaba
el agotado, cansado y rasgado eco de la chica que cantaba mientras tocaba
suavemente, sin ganas algunos acordes en su guitarra.
Las palabras salían solas de su boca y no era consciente del movimiento de sus dedos, que se deslizaban automáticamente por el mástil arañando la piel de sus dedos con las cuerdas. Tocar (y cantar) aquella triste melodía se había convertido ya en una costumbre, como si de respirar se tratara.
Por su cabeza se esfumaban las imágenes, los pequeños y cortos instantes de los concursos de canto en los que había participado desde hacía tres años. Sonrió inconscientemente al recordar el primer premio que ganó en uno de ellos (y dónde consiguió su guitarra acústica de ébano). Una risilla escapó de entre sus dientes cuando pensó que con el premio del segundo puesto de otro concurso se pagó un ukelele (en la estantería, con polvo de una semana) y la reparación de dos cuerdas (de las buenas, por supuesto).
¿Y ahora? Ahora, con dieciséis años, escribía canciones para sacar un nuevo disco. Sus padres y familiares siempre la habían apoyado y sus amigos nunca la dejaron sola.
Pero, a pesar de todo esto, se sentía vacía, triste, hueca, melancólica a cualquier hora del día.
El ruido de su puerta abriéndose cortó el hilo de sus pensamientos y la melodía cesó. Su padre, cuya cara no reflejaba absolutamente nada, le arrebató la guitarra de las manos y la golpeó contra el suelo hasta dejar solamente un amasijo de astillas y cuerdas reventadas esparcidas por el suelo. Aquel ser monstruoso se marchó silenciosamente, observado por una sorprendida adolescente al borde de las lágrimas.
Las palabras salían solas de su boca y no era consciente del movimiento de sus dedos, que se deslizaban automáticamente por el mástil arañando la piel de sus dedos con las cuerdas. Tocar (y cantar) aquella triste melodía se había convertido ya en una costumbre, como si de respirar se tratara.
Por su cabeza se esfumaban las imágenes, los pequeños y cortos instantes de los concursos de canto en los que había participado desde hacía tres años. Sonrió inconscientemente al recordar el primer premio que ganó en uno de ellos (y dónde consiguió su guitarra acústica de ébano). Una risilla escapó de entre sus dientes cuando pensó que con el premio del segundo puesto de otro concurso se pagó un ukelele (en la estantería, con polvo de una semana) y la reparación de dos cuerdas (de las buenas, por supuesto).
¿Y ahora? Ahora, con dieciséis años, escribía canciones para sacar un nuevo disco. Sus padres y familiares siempre la habían apoyado y sus amigos nunca la dejaron sola.
Pero, a pesar de todo esto, se sentía vacía, triste, hueca, melancólica a cualquier hora del día.
El ruido de su puerta abriéndose cortó el hilo de sus pensamientos y la melodía cesó. Su padre, cuya cara no reflejaba absolutamente nada, le arrebató la guitarra de las manos y la golpeó contra el suelo hasta dejar solamente un amasijo de astillas y cuerdas reventadas esparcidas por el suelo. Aquel ser monstruoso se marchó silenciosamente, observado por una sorprendida adolescente al borde de las lágrimas.